jueves, 7 de agosto de 2014

Hacen falta más Centornios



Quiero agradecer la ternura, el sostén y la esperanza de todos los que, en los últimos tiempos, han procurado ayudarme en la búsqueda de lo extraviado. Pero ahora les anuncio que casi casi estoy tranquilo, y que, si lo desean, ya pueden parar de enviar noticias. Porque al fin sé en qué parajes pasta mi unicornio, y porque en prados semejantes ningún amor está perdido.
Silvio Rodríguez: contraportada del LP Unicornio (1982)

Lo que me dijo Fidel un día por teléfono: “Chávez, ¿dónde estás tú ahora?”. “No, salí a caminar por aquí”. “Ah, bueno, andas por ahí”. Y me dijo para despedirse: “Bueno, yo también ando por aquí, y es que tú y yo, Chávez, no somos presidentes, sino somos dos tipos que andamos por ahí”.
Cuentos del Arañero

Debido a su extraña mezcla entre hombre y caballo, el centauro se debate entre el deber y el placer. Un centauro muestra el más alto apego a la disciplina y al espíritu de cuerpo, no en balde su supervivencia depende de su respeto irrestricto a la caballada. Su formación marcial los hace pragmáticos, poco dados a la reflexión: es un ser de acción el centauro. El problema con estas criaturas mitológicas es que debido a su naturaleza animal, son muy dados al hedonismo y a la falta de visión a largo plazo. No les importa pensar, lo suyo es actuar. ¿Son necesarios los centauros? Yo digo que sí. Fundamentalmente porque para tomar el poder hacen falta escaramuzas y tácticas que sólo los centauros manejan, pero, alcanzado el fin, los centauros se arrellanan, se enchinchorran por, como ya dije, su naturaleza animal que les impide seguir más allá de los objetivos conquistados, por eso ganan una colina y pierden la montaña.


Un centauro famoso en la historia de Venezuela fue sin duda José Antonio Páez, El Centauro del Llano. Un pulpero, peón de hato y soldado que, por vicisitudes y la solidaridad propia de los centauros con sus superiores, en este caso con Manuel Antonio Pulido, terminó siendo General en Jefe del Ejercito Independentista, nombrado por el propio Bolívar. Al Páez de Vuelvan Caras, de La Toma de las Flecheras, de Mucuritas, hay que oponerle el Páez de la Cosiata, el presidente de la República, terrateniente y oligarca que vendió las causas y los ideales de la independencia y si no mató pues, fue uno de los autores intelectuales de la muerte de El Libertador.  Digamos entonces que Páez es el símbolo de los centauros criollos. Héroe en la gesta y traidor apoltronado para los ideales. El último Páez tocaba piano, violoncelo, cantaba opera en Valencia y jefeaba a toda la República como un dueño de hato. No se le puede pedir el aliento utópico a un centauro, sus prerrogativas le impiden pensar en lo posible, confunden disciplina con sumisión y lealtad con ciego acatamiento. Al final terminan siendo víctimas de su naturaleza y se entregan al hedonismo y traicionan todo, hasta lo que eran ellos mismos unos años atrás: “ojo que no mira más allá, no ayuda al pie”.


Los unicornios, a diferencia de los centauros, son criaturas combativas en el terreno de lo posible. Defensores de las utopías, saltan a los campos de batalla con su cuerno que parece una espada que ha librado mil batallas. Pero no se quedan ahí, tienen la mirada puesta en el horizonte.  Quizá eso los hace propensos al aislamiento y a la taciturnidad. El estudio del terreno, la caracterización del enemigo y la lealtad a los ideales los hacen seres fantásticos. Martí, Fabricio Ojeda, son ejemplos claros de la unicorniedad, en Nuestra América. Martí combatía con ideas y estudio, sabía que la libertad por las armas poco dura sin el aliento de la reflexión, de la maduración de las acciones, de la planificación y el avance sin demora hacia los valores que se persiguen. Ante el oprobioso congreso de la Cuarta República Fabricio presagiaría: “Si muero no importa, otros vendrán detrás que recogerán nuestro fusil y nuestra bandera para continuar con dignidad lo que es ideal y saber de nuestro pueblo. ¡Abajo las cadenas! ¡Muera la opresión! ¡Por la Patria y por el Pueblo! ¡Viva la Revolución!”. 


Cuando en un rapto de centauriedad Martí se lanza, fusil en mano, a derrotar a la bestia que conocía bien, muere como un centauro siendo él un unicornio. Lo mismo le ocurrió a Fabricio. Su espíritu adelantado fue capaz de ver la oscurana por venir, pero también fue capaz de dejar un legado por continuar.


Los Centornios son la mezcla de centauros y unicornios. Seres de pensamiento y acción. Ganan batallas, fraguan ideas. Sus acciones son producto de la convicción, de lo curtido por el sol, de lo meditado. Esta es una criatura realmente fantástica, como vive a medio camino entre lo que pasa y lo que está avizorando, su arrojo y entrega los lleva a extremos. Mueren solos o traicionados o entregados o falseados, parece que el ser que los creo los retira abruptamente para que sigan pastando en otros parajes donde “ningún amor está perdido”.


Los Centornios se empeñaron y se empeñan en que su estirpe se multiplique, al final, como en la fábula del escorpión y la rana, es la propia naturaleza de unicornio o de centauro, quien termina manejando a las nuevas generaciones. Por eso hacen falta más Centornios: Bolívar, Sucre, el Che y nuestro Comandante Chávez, esos, “esos son los imprescindibles”. Las revoluciones deben su existencia a estas extrañas criaturas, que aún conscientes de su papel ante la historia, son capaces de ser “unos tipos que andan por ahí”.

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