Duele Palestina con el dolor de
lo posible, de lo que viene y se nos viene a todos. Las manos de sus niños andan por ahí,
elevando plegarias, alzadas al cielo, sólo que separadas de sus cuerpos. La
casa que ayer albergaba a una familia, hoy es la lápida que sella con horror y rastros
de fósforo, la infamia de un pueblo elegido para la carnicería. Sobre esa
lápida se edificará un kibutzim santificado por la sangre de los muertos, de
los niños, de los ancianos muertos, de las madres y de las nulíparas, de los
que esperan la muerte arraigados a lo único que poseen, su pedazo de tierra, un
quinto de un pan sin levadura.
Todas las creencias y lugares
santos observan tu cadalso impúdicamente como el público de un bodrio de
Spielberg donde el demonio ha sabido muy bien vestirse con la piel de una
oveja.
Como no existe un Picasso que
pinte su alma sanguinaria, el kish de las cadenas de televisión desarrolla la mejor
trama que la Babilonia de Los Ángeles ha escrito para el mundo. Los muchachos
de la película le han cedido su lugar a los patrocinantes. Ahora son
invencibles, han logrado convertirse en las armas más perfectas de manipulación
masiva. Son ellos, los nuevos muchachos de la película, los que matan, y los
muertos son pequeños niños a los que les ha tocado el papel de la maldad, la
maldad en el papel. No hay hombre santo ni religión que diga algo de esta
infamia. Todos callan, callan, callan.
Te quieren doblegar Palestina.
Tus primos, tus parientes, se creen elegidos, se creen los que eligen, se creen
los que serán elegidos. El mundo te da la espalda Palestina y tú le pones la
cara al fusil del mundo. Le pones la mirada de tus niños que ven venir las
bombas.
El dios dólar te dispara. El
dios de los usureros, de los
especuladores, de los transgénicos, de la comida chatarra. .
El dios petróleo justifica tu
martirio, te delata, te entrega.
El dios yuan deja que tu
enemigo, quien es su enemigo, descargue sobre ti la ira milenaria de todos los
dioses que viven en el infierno.
Te quieren Goliat y eres David.
Te quieren como quiere un mercader al callejón que lo llevará a incrementar sus
ventas. Te quieren para los próximos éxitos de taquilla. Te quieren con el odio
de la Nestlé.
Cuando vengan los comerciales y
vayamos a la cocina a buscar el alimento o a tomar la medicina que nos vende
Sión, secretamente estaremos siendo palestinos, unos palestinos a largo plazo.
Beberemos y masticaremos como tú, nuestra muerte, después nos sentaremos a ver
la tuya, porque, aunque cerca, Palestina duele de lejos.