miércoles, 6 de julio de 2016

Alí, el desubicado


A todos aquellos que viven reivindicando el canto militante del “panita Alí”, un canto que supo él muy bien deslindar de la “mariquera” de la llamada canción de protesta, especie de subgénero payolero de las décadas del 60 y 70, les hago llegar estas reflexiones a propósito de haberse celebrado un año más de su nacimiento.

Desconozco las razones que motivaron a rendir un homenaje pedestre a la figura del “Cantor del Pueblo” en la autopista. Debo reconocer que la escultura es una muestra valiosa de técnica y que el artista expresó en forma profunda y llana lo que era el espíritu de Alí: su imagen en actitud desafiante, poniendo en alto su cuatro, como si fuera un fusil. Ese es Alí.


Lo que no logro entender es qué motivó que ese monumento, del cual de seguro el propio Alí se hubiese desmarcado con un ¡carajo! bien puesto, se ubicara en ese espacio tan alejado de la raíz del pensamiento de nuestro Padre Cantor. Sin embargo Alí está ahí, mirando hacia el este de la ciudad y cerca de donde siempre estuvo, El Valle.


Para los que transitamos a diario por la autopista del Este y vemos esta singular muestra de reconocimiento a quien en vida se opuso a toda muestra de reconocimiento, no deja de llamarnos a la reflexión: ¿qué pensaría el panita Alí de esta vaina? y…qué diría de su ubicación tan distante del pueblo de a pié a quien dedicó todo su canto rebelde.


La cosa de la ubicación de nuestro rígido Alí se complicó aún más cuando se comenzaron a realizar los justos trabajos de vialidad y, El Panita quedó como esquivando el brazo del nuevo distribuidor que conecta la autopista sentido La Rinconada con los túneles de El Valle y a través de ellos con la Caracas a la que siempre le cantó.


Ya de entrada hay que destacar el conjunto en el cual ubicaron la estatua: Un bodrio de la más pura estética posmoderna que mezclaba una pirámide, unos cultivos organopónicos y las esculturas en relieve de los perfiles de nuestros caciques indígenas. Esas muestras disímiles de la mente de algún intelectual prereformista y poscapitalista, están ahí como esperando que alguien arregle la pea del imaginario nacional.


Peor aún es saber, para quienes tenemos más de 40 años, que ese mismo terreno donde hoy se halla dispuesto el tan inconexo conjunto era un espacio donde los habitantes de El Valle y Coche armaban sus caimaneras los fines de semanas y los conductores en vez de esquivar conos, operarios en la vía o huecos, tenían que andar pendientes de las pelotas de espaldin.


Lo cierto del caso es que ahí está ese pastiche esperpéntico, tan “bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de un paraguas y una máquina de coser” (Lautréamont dixit), y uno se consuela pensando “bueno por lo menos está Alí y no algún esbirro del puntofijismo”, pero sin duda alguna que El Panita estaría mejor donde, para comenzar, le pudiera llegar la gente, digo yo.



Debemos advertir nosotros sobre el uso de la imagen de nuestro Padre Cantor, como el mismo Alí nos advirtió sobre Bolívar que “no es un pensamiento muerto, ni mucho menos un santo para prenderle una vela”.